Miguel Ángel Valero
El último número, el 30, de la Revista de Ciencias y Humanidades de la Fundación Ramón Areces es un monográfico de 153 páginas, Las culturas de la inteligencia artificial. Presentado en un acto por Esther Pizarro, artista visual, investigadora y catedrática de la Universidad Europea de Madrid; Asunción Gómez-Pérez, académica de número de la Real Academia Española y Catedrática en Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial en la Universidad Politécnica de Madrid; e Ibán García del Blanco, consultor internacional, quien formó parte del equipo negociador de la Ley de inteligencia artificial en el Parlamento Europeo, entre otros, en el monográfico escriben el filósofo Michael J. Sandel; el experto en diplomacia cultural Joan Álvarez; la experta en cooperación internacional Natalia Armijos,; Manuel Quinteiro, ingeniero informático; Carmen Páez, subsecretaria del Ministerio de Cultura; Ibán García del Blanco; Adriana Moscoso, directora general del GESAC; Eva Ortega-Paíno y Fernando Escobar, del Ministerio de Ciencia; Esther Pizarro; el novelista Ernesto Pérez Zúñiga, Lucas Holten, experto en industria de la música; la exministra de Cultura Ángeles González Sinde, el guionista y productor Guillermo Escalona; la directora creativa Ana Criado; el actor y escritor Manuel D'Ocon; el guionista Curro Royo, la directora del Observatorio de IA y diversidad, Nuria Lloret, y Gemma Carbó, presidenta de ConArte Internacional.
El trabajo ofrece, por tanto, una visión multidisciplinar de la IA y de su impacto en las culturas pero también en otras dimensiones sociales. Son especialmente interesantes, y preocupantes, las reflexiones de Michael J. Sandel: "la ciencia y la tecnología se mueven mucho más rápido que la educación moral y el diálogo civil. Y siempre parece que la ética tiene que batallar denodadamente para poder mantenerse al tanto de los desarrollos" de éstas.
Plantea si "debiéramos de utilizar también estas nuevas tecnologías para intentar mejorarnos a nosotros mismos, para hacernos mejores de lo que podríamos ser". Aunque avisa: "Desconocemos las consecuencias médicas de tantas alteraciones genéticas y qué efectos pueda tener después, más adelante, a lo largo de la vida".
Juan Álvarez lo tiene claro: "la IA está cambiando nuestras maneras de trabajar y de vivir, el modo de curarnos y envejecernos, la forma de comunicarnos y relacionarnos, el modo de emparejarnos, el reparto del poder y de la riqueza, los equilibrios de la Naturaleza". También, que la IA "debilita la conciencia humana, compartida por todos, de que somos el animal más inteligente", "hace que los humanos ya no podamos estar seguros de ser los únicos 'seres' capaces de compartir significados y sentidos y, por tanto, capaces de crear consensos".
Para Natalia Armijos, hay que "apreciar tanto la innovación que ofrece la tecnología como la autenticidad y singularidad que trae consigo el talento humano".
Manuel Quinteiro cree que la IA superará incluso a la inteligencia humana, pero avisa de los aspectos preocupantes: "la discriminación, el machismo, el racismo y el ataque a las minorías; los contenidos peligrosos; y la falta de veracidad de las afirmaciones. También está la atrofia de las personas que se habitúan a su uso y dejan de emplear sus capacidades".
Carmen Paéz, que plantea, como otros expertos, cuestiones sobre protección de datos, derechos de autor, sustitución de actividades, advierte: "El futuro no se construirá solo y no debemos dejar que la IA lo haga por nosotros".
En la misma línea, Adriana Moscoso avisa que "no puede florecer la cultura si no se reconocen sus legítimos derechos a quienes la crean".
Eva Ortega-Paíno y Fernando Escobar alertan de que "a medida que los algoritmos se vuelven más complejos, se hace cada vez más difícil comprender cómo se toman las decisiones", planteando cuestiones de transparencia, fiabilidad, equidad, privacidad de los datos, entre otras.
Esther Pizarro subraya que "ninguna herramienta puede reemplazar la capacidad narrativa, crítica y reflexiva que el creador aporta a sus obras", la IA "no puede eclipsar el papel esencial del artista en el proceso creativo", por lo que insiste en la "urgente necesidad de una regulación internacional de la IA para proteger los derechos de los creadores".
Ernesto Pérez Zúñiga opta por otro planteamiento: "En realidad, la pregunta es muy anterior a la existencia de la IA. Para qué se escribe. Desde dónde. Por qué"; "El escritor no quiere que otro le haga su trabajo, Necesita escribir para ser", "La palabra creativa no puede ser sustituida por la IA sin convertirse en mascarada".
Lucas Holten busca el equilibrio: "Los humanos debemos admitir que, en algunas tareas tediosas, las máquinas son infinitamente más eficaces. Y en otras tareas, los humanos somos mucho mejores". Pero alerta de la concentración de IA en pocas empresas: "pronto puede suponer una amenaza para la democracia".
Para Ángeles González-Sinde, el problema es que "la cultura es un mero pozo de petróleo del que extraer beneficios". La dictadura de los algoritmos puede terminar "convirtiéndonos en un instrumento de marketing y manipulación de ideas y valores, condicionando así pensamientos, sentimientos y decisiones".
En esa misma dirección, Guillermo Escalona alerta del riesgo de homogeneización: "debemos recordar lo que significa ser verdaderamente humanos, cómo la creación y la capacidad de soñar nos definen".
Ana Criado, por su parte, considera que "la creatividad entendida como una visión original y personal de interpretar los datos y vivencias es la parte más difícil de emular" y que "quizás sea nuestra imperfección la que acabe salvándonos de ser engullidos por la máquina".
Para Curro Royo, "nuestro enemigo no es la Inteligencia Artificial sino la Estupidez Natural, empezando por la de los que sueñan con sustituirnos, con precarizar nuestro trabajo, usando máquinas para abaratar los procesos de creación", cuando "escribir es realizar una de las tareas más difíciles que tiene un ser humano: tomar decisiones arriesgadas". "La IA ofrece a cualquier no-creador el espejismo de un atajo", porque "¿puede una máquina crear una historia conmovedora que conecte con el público y suponga un avance en el arte de la narración y en el corpus colectivo de ficción del ser humano? Mi respuesta es no".
Nuria Loret reclama un Observatorio de IA y diversidad para "investigar , documentar y mitigar los sesgos que la IA puede introducir o amplificar" y para "garantizar que la tecnología sirva a toda la sociedad sin perpetuar desigualdades existentes ni crear nuevas". Sueña con una IA "inclusiva y ética" en una sociedad "donde la tecnología se convierte en un instrumento de justicia y equidad".
Gemma Carbó exige una política pública que coloque la IA al servicio de "la educación cultural y creativa, la formación de públicos críticos, de consumidores responsables, de una ciudadanía cultural cosmopolita e imaginativa".