Los aranceles de Trump golpean el comercio mundial "con un mazo"

Miguel Ángel Valero

Donald Trump ha anunciado una nueva ofensiva comercial que bautiza como el “Día de la Liberación Arancelaria”, prevista para el 2 de abril. En esa fecha, pretende imponer aranceles recíprocos contra países que, según él, aplican barreras injustas al comercio con EE. UU. El objetivo es castigar a los “abusadores comerciales” y, al mismo tiempo, atraer inversión y generar ingresos.

El enfoque será más selectivo que una guerra arancelaria global: no todos los países se verán afectados, y los aranceles no se aplicarán de forma acumulativa con otros ya existentes. Sin embargo, se espera que las nuevas medidas entren en vigor de inmediato y que provoquen una escalada de tensiones con socios tradicionales, incluyendo la Unión Europea, México, Canadá, Japón y Corea del Sur.

Trump afirma que esta ofensiva podría generar “decenas de miles de millones” en ingresos, e incluso “billones” en una década, lo que permitiría financiar bajadas de impuestos que prometió durante su campaña electoral. 

Aunque se conocen algunas líneas generales del plan, como posibles aranceles específicos por sectores: automóviles, semiconductores, medicamentos o madera, todavía no se ha producido una comunicación definitiva en la que se detallen que aranceles se aplicarán, a quién y cuando se implementarán en cada caso.

El plan busca incentivar el “reshoring”, el regreso de industrias clave al territorio estadounidense, utilizando los aranceles como palanca para estimular la inversión interna. Según algunos asesores, el objetivo es convertir a EEUU en un polo más atractivo para la producción global frente a países que, a juicio de Trump, han estado "jugando sucio" durante décadas.

"Sin embargo, el impacto económico real es incierto. Aunque los aranceles  generan ingresos para el Estado, también pueden repercutir en mayores costes para empresas y consumidores estadounidenses. Además, las represalias de los países afectados podrían dañar sectores clave de exportación como la agricultura, el automóvil o la tecnología estadounidense", avisa el analista Pablo Gil.

"En su primera presidencia, Trump utilizó aranceles como instrumento de presión con China, México y Canadá, lo que llevó a la renegociación de acuerdos como el T-MEC. En su segunda presidencia parece que Trump quiere ir un paso más allá, con un enfoque más estructural que podría redefinir la política comercial estadounidense a largo plazo. Trump lo presenta como una vía para recuperar la competitividad industrial, pero los mercados temen represalias y una nueva ronda de disrupciones en las cadenas de suministro globales. El 2 de abril podría marcar el inicio de una nueva etapa en la política comercial de EE. UU., con repercusiones imprevisibles para aliados y competidores por igual", advierte este experto.

Aranceles a los barcos fabricados en China

Trump eleva la dureza de su guerra comercial mediante aranceles. La Oficina del Representante Comercial de EEUU plantea imponer aranceles millonarios por cada escala en puertos estadounidenses de barcos construidos en China. Con ello, se pretende frenar la supremacía de China en la construcción naval y la logística marítima. Algunos analistas dicen que esta medida podría tener un impacto mucho más profundo que los aranceles impuestos por Donald Trump en 2018.

China es el líder absoluto en construcción naval, ya que produce más de la mitad de los barcos de carga del mundo por tonelaje, una cifra que contrasta con el 5% que tenía en 1999. En cambio, EEUU apenas fabrica el 0,01% de los barcos comerciales globales. El dominio chino otorga a Pekín un gran poder sobre el suministro, los precios y el acceso al transporte marítimo global.

El plan estadounidense contempla imponer entre 1 millón y 3,5 millones$ por escala en puerto norteamericano a los barcos construidos en China, dependiendo de su operador y si tienen más pedidos pendientes en astilleros chinos, lo que afectaría a más del 80% de los portacontenedores que llegan a EEUU.

"De llevarse a cabo esta medida, implicaría un aumento drástico de los costes de transporte marítimo, la redirección del comercio hacia Canadá y México, una mayor congestión en los grandes puertos estadounidenses, daño directo a puertos más pequeños como Oakland o Charleston, pérdida de competitividad de productos agrícolas y manufacturados de EEUU, y presión inflacionaria adicional para los consumidores", avisa Pablo Gil.

Los críticos advierten que sería imposible cubrir la demanda futura con buques construidos exclusivamente en EEUU, dada la falta de capacidad industrial y de marinos formados. Pero el trasfondo de la medida está vinculado a un cambio de enfoque en Washington, que ahora ve el transporte marítimo como una cuestión de seguridad nacional. La idea de “Make Shipbuilding Great Again” resuena con la narrativa de recuperar la autosuficiencia industrial.

Si se aprueba la propuesta, muchos vaticinan una fragmentación del mercado marítimo global, con barcos construidos en China siendo evitados por temor a los aranceles en EEUU. En sectores como los petroleros, ya se empieza a observar este comportamiento. Pero evitar astilleros chinos provocará otros problemas: los astilleros alternativos en Corea del Sur y Japón están al límite de capacidad hasta 2028.

"El intento de Trump por frenar el avance marítimo de China con aranceles punitivos podría desencadenar una ola de disrupciones en el comercio global, lejos de revitalizar la industria naval estadounidense. Si alguien quisiera golpear el comercio mundial con un mazo, ésta sería la forma de hacerlo", subraya, gráficamente, Pablo Gil.

Ucrania: la paz, no como meta compartida, sino como herramienta de presión

Mientras los misiles siguen cayendo sobre Ucrania y las conversaciones en Riad avanzan sin resultados concretos, el mar Negro se consolida como un escenario clave para entender el juego de fuerzas entre Rusia, Ucrania, EEUU y, cada vez con más claridad, China. "En este tablero inestable, la paz no se presenta como una meta compartida, sino como una herramienta de presión, desgaste o reposicionamiento estratégico, dependiendo del actor que la invoque", señala Pablo Gil.

"Putin domina la escena con una estrategia clara: dilatar, fragmentar y administrar. Se sienta a negociar, pero nunca cierra acuerdos reales. Anuncia treguas mientras intensifica los bombardeos sobre ciudades ucranianas. Sugiere ceses temporales de hostilidades, sin compromisos firmes, sin papeles, sin supervisión. Cada conversación es una maniobra para ganar tiempo, debilitar al adversario y mantener la iniciativa. En el mar Negro, donde Ucrania ha logrado victorias inesperadas como el hundimiento del buque Moskva, Rusia ahora plantea una posible tregua marítima. Pero ni siquiera se ha cumplido la tregua energética anterior. El caos parece controlado, pero es deliberado", explica.

"En contraste, Estados Unidos se ve influida por las promesas electorales de Donald Trump que le obligan a conseguir logros con urgencia. Quiere resultados visibles, rápidos y funcionales. Reabrir la navegación comercial en el mar Negro no es solo un objetivo económico, sino una necesidad política de cara a su electorado. Pero la prisa, en diplomacia, suele jugar en contra. Washington aparece como un actor que necesita acuerdos, lo que lo coloca en una posición negociadora más débil", añade. 

Mientras tanto, Ucrania resiste entre la necesidad de negociar y el temor a concesiones irreversibles. Zelensky no puede renunciar a la soberanía, pero tampoco puede rechazar completamente los intentos de alto el fuego sin perder el imprescindible respaldo militar y económico de EEUU.

En medio de esta dinámica aparece China, con una postura sorprendente que va más allá del discurso habitual de “neutralidad”. Durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, Zhou Bo, excoronel del Ejército Popular de Liberación, afirmó que China estaría dispuesta a enviar tropas de paz a Ucrania. Más allá de la declaración, lo relevante es lo que implica: Pekín se ofrece como posible garante de la posguerra, incluso desplegando fuerzas militares si se alcanza un alto el fuego. Con una larga trayectoria en misiones de paz de la ONU y siendo el segundo mayor contribuyente a estas operaciones a nivel global, China podría aparecer como un actor aceptable tanto para Moscú como para Kiev. A diferencia de la OTAN, su presencia no es vista como una amenaza directa por Rusia, y podría calmar las preocupaciones ucranianas si se configura una coalición internacional que excluya a las potencias militares occidentales tradicionales.

"Detrás de este movimiento hay cálculo estratégico. Pekín quiere ganar protagonismo en la arquitectura de seguridad global y utilizar su influencia para moldear el orden internacional según sus propios intereses. Participar en la estabilización de Ucrania le daría no solo una imagen de actor responsable, sino también una palanca de poder en Europa. Y todo ello sin comprometer directamente su alianza con Rusia, que ha sido clave para la supervivencia económica del Kremlin desde el inicio de la guerra", interpreta este experto.

"Lo que se discute en Riad no es solo un alto el fuego, sino el reparto de influencia en el mundo que vendrá después. Putin utiliza la paz como una trinchera diplomática, Trump la persigue como botín electoral, Zelensky la teme como una posible rendición encubierta. China, por su parte, observa, calcula y espera su momento. Si se consuma su participación, el concepto mismo de misiones de paz podría entrar en una nueva era, con el gigante asiático como garante armado en pleno corazón de Europa", concluye Pablo Gil.